treball

treballa

...E quando ci domanderanno che cosa stiamo facendo,
tu potrai rispondere loro: Noi ricordiamo.
Ecco dove alla lunga avremo vinto noi.
E verrà il giorno in cui saremo in grado di ricordare
una tal quantità di cose che potremo costruire
la più grande scavatrice meccanica della storia e scavare,
in tal modo, la più grande fossa di tutti i tempi,
nella quale sotterrare la guerra.

Ray Bradbury, Fahrenheit 451

mercoledì, 30 novembre 2005
Eating Meat, Mindfully



By Matthew L. Miller, AlterNet,
Posted on November 30, 2005

Living in the Rocky Mountain West, I am used to breathtaking views. None takes my breath away as much as a 150,000-cow feedlot in southern Idaho. Even before I see it from the road, its stench overpowers me. Then I crest the hill and cattle in bleak pens sprawl to the horizon.

It is a depressing sight, and I feel horrified at a food system that can allow animals - living beings - to be raised in such a manner.

I see the products of this food system every time I visit the supermarket: rows of fatty, hormone-injected, often colorless meat - straight from a factory, not a farm. I'll pass.

But I do eat meat.

This isn't hypocritical. I buy my meat from farmers and ranchers committed to raising animals in humane and healthful ways - steaks from grass-fed cattle, roasted free-range chicken, elk chili, lamb chorizo, smoked duck - and so celebrate the lands and the animals of my Idaho home. 

And I want at least part of the responsibility for getting meat to be strictly my own. Each fall I hunt and stock my freezer for the year with elk, deer and duck. For eating, nothing better connects me to the cycle of life and death.

I call this being a mindful meat eater.

Becoming a mindful meat eater means acknowledging that life feeds on life, that regardless of our diet, all of our food has costs. Even those who shun animal products cannot escape this, whether in the loss of wildlife habitat to grain fields, poisoning by pesticide use or animals killed for crop damage on organic farms.

Becoming a mindful meat eater also means getting to know farms that produce animals while being respectful of their nature. At a farm market I buy lamb, chicken and turkey from a farmer just down the road. Unlike industrial agriculture's huge feedlots, her farm is grassy pasture and a spacious barn. The chickens roam freely. These animals aren't pets, but she knows each one.

Even large farms and ranches can raise livestock mindfully. I know another rancher with free-range sheep and cattle on thousands of acres. His animals will never see a feedlot. Herders stay with the animals all day to ensure they don't damage wildlife habitat. The ranch also won't harm wolves, coyotes and mountain lions of the area - a practice labeled "Predator Friendly."

By supporting these kinds of farms, and knowing them, I connect with the meat I eat in a better, saner way. The supermarket disconnects us, from chickens crammed into tiny, indoor cages, and from acre after acre of cattle packed into feedlots.   Invest some time in learning how your steaks and burgers are produced. Support labels that certify animals are raised in ways healthful to them and the land, and avoid factory farm products. Restore mindfulness to meat eating.

Matthew L. Miller is the director of communications for The Nature Conservancy of Idaho. He wrote this for the Land Institute's Prairie Writers Circle in Salina, Kan.

© 2005 Independent Media Institute. All rights reserved.

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http://www.alternet.org/story/28887/

Postato da: treball a 30/11/2005 18:29 | link | commenti |
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martedì, 29 novembre 2005
“Me gusta escribir, lo que no me gusta es ser escritor”



EFRAIM MEDINA REYES,
EL HOMBRE TERRIBLE
DE LAS LETRAS COLOMBIANAS


Los poemas en prosa y textos breves que componen Pistoleros/Putas y dementes (Greatest Hits) sirven como adecuada presentación del colombiano, un ex boxeador que admite haber perdido todas sus peleas y que, a pesar de haber triunfado en el mercado literario, prefiere barajar, dar de nuevo y seguir publicando en pequeñas editoriales: “En los últimos tiempos, escribir fue un problema, porque los escritores no escriben libros, sólo publican”.

Por Silvina Friera, Página/12, Martes, 29 de Noviembre de 2005

 “Para mí lo más importante son las personas; la literatura es algo de lo que podés prescindir”, dice Medina Reyes.

Quizá porque llegó a la literatura colombiana con la fuerza de un bárbaro que portaba como antecedentes una infancia conflictiva, el haber pertenecido a una pandilla del barrio Getsemaní y un destino que él mismo pensaba que lo llevaría a convertirse en un asesino, cuando Efraim Medina Reyes habla es brutalmente honesto. Ahora pega, como si estuviera en un ring de boxeo, para defenderse del éxito que le deparó la publicación de sus tres novelas, de la maquinaria del marketing editorial que lo vendió como “el Bukowski colombiano” o el “chico malo” que se atrevió a “matar” al santo padre, Gabriel García Márquez. Antes, cuando fue un púgil amateur, quería canalizar ese instinto de criminalidad o el trauma que le provocó ver morir a su padre atropellado, poniendo el cuerpo para que le pegaran, para hundirse en el dolor. En su último libro, Pistoleros/Putas y dementes (Greatest Hits), editado por Bajo la Luna, el escritor colombiano entrega una colección de poemas en prosa y textos breves que “derriban paredes”, mitos y falsos ídolos, escritos a lo largo de casi veinte años, y en los que rinde homenaje a muchos de los poetas que admira, como Emily Dickinson, Erica Jong y Bukowski.
Medina Reyes, uno de los escritores más celebrados de la nueva narrativa colombiana, repasa su vida, los golpes que dio y los que recibió, anuncia que ya no quiere publicar en grandes editoriales y confiesa que su madre ¡¡“adora” a García Márquez!!A mí me gusta separar la mecánica del mundo de la literatura. Siempre se escribe en la oscuridad”, señala en la entrevista con Página/12. “El arte es un impulso transitorio porque a mí me mueven el placer, el baile, la diversión, la fiesta. Y la oscuridad es el arte, en la medida en que esa misma oscuridad te va llevando a tener un espacio de luz. Los momentos de oscuridad son transitorios en comparación con estar funcionando, los últimos cuatro años de mi vida, para un mercado editorial prostituido”, se queja el autor de Sexualidad de la Pantera Rosa.

–A propósito de la oscuridad, en su nuevo libro hay un homenaje a su amigo, el artista Ciro Díaz, que murió atropellado. Su padre también murió de la misma manera. ¿Cómo lo marcaron esas muertes tan parecidas?

–La persona que pude haber sido también se murió. La muerte de mi padre fue muy trágica, porque tenía 6 años cuando vi cómo lo atropellaron. Ahí se cagó mi vida, tuve problemas de aprendizaje y estuve casi dos años sin hablar. Al final de mi adolescencia empecé a escribir y descubrí que eso podía ser un alivio. Pero cuando todo parecía ir bien, se murió Ciro. Ya me había liberado de la literatura, porque había encontrado otra cosa que era mejor, que era su amistad, que era divertirnos, hacer música.

–¿Le pesa la escritura?

–Sí. Para mí es fácil escribir, es como manejar un carro, pero me desespera porque no me gusta estar solo. Yo quiero estar siempre con mis amigos y distraerme; estando solo aparecen cosas que no me gustan. La muerte de mi padre me llevó a escribir al final de la adolescencia y la de mi amigo Ciro me hizo volver a escribir cuando había terminado mi relación con la literatura. Esas muertes, en lo literario, marcaron mi vida, y en lo interior también, porque volver a empezar cada vez que me despierto es horrible. Para mí lo más importante son las personas; la literatura es algo de lo que podés prescindir.

–Sin embargo sigue escribiendo y publicando.

–A mí me gusta escribir, pero no me gusta ser escritor, yo no sé ser escritor ni me interesa. La literatura me ha dado dinero para vivir, pero me gustaría reencontrarme con el placer de la escritura. Esto de ser escritor te quita las ganas de escribir; en los últimos tiempos escribir fue un problema, porque los escritores no escriben libros, sólo publican. Y esto es tan ajeno y lejano a la idea de literatura, que este libro de poemas que acabo de publicar representa el tiempo en que escribía sin saber que iba a ser escritor. Es el libro que más quiero y el que más me interesa.

–Usted fundó una multinacional, Fracaso Ltda., fue líder de 7 Torpes Band, le interesan los personajes perdedores, reivindica el fracaso, pero le fue bien en la literatura. ¿Cómo se lleva con el éxito?

–Cuando estaba trabajando de mensajero en una ONG, jugaba los fines de semana al fútbol. En uno de esos partidos conocí a un editor que tenía una pequeña editorial y me preguntó si era cierto que había escrito un libro. Le dije que sí, que era una novela que fue finalista de un premio, y me preguntó qué había pasado con ese libro. Le dije que estaba en casa, que ahora tenía otros planes, y me pidió que se lo mostrara porque estaba haciendo unas pequeñas ediciones. “Yo soy un fracaso limitado, ¿qué problema puede haber?, ¿qué puede pasar entre dos fracasos?”, pensé. Le di el libro, se entusiasmó, lo publicó y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde. La cosa había ido muy lejos de la noche a la mañana. Para mí fue importante, porque cuando trabajaba y llevaba una vida como todas las personas normales, mi familia en Cartagena vivía con muchas dificultades y yo les mandaba parte de mi plata a ellos porque soy el padre de mis tres hermanos. Cuando vi la posibilidad de que la literatura me diera dinero, le compré una casa a mamá y un apartamento a cada uno de mis hermanos. Pero eso no ha servido para arreglar esa sensación de sentirme incómodo en el mundo, porque parte de las cosas que más amo está del otro lado. El éxito no ha cambiado nada ese dolor, el éxito es para la gente que se la cree.

–Usted, que criticó tanto a García Márquez, al que le dice “García Marketing”, publicó algunas de sus novelas en una editorial grande. ¿Sintió que formaba parte de una maquinaria que no tenía nada que ver con lo que quería hacer?

–Sí, son las cosas que más he detestado y no quiero convertirme en uno de esos personajes que tanto critiqué. Uno tiene que tener una verdad en su vida, y a mí no me interesa publicar en grandes editoriales. Siento que jugamos el juego hasta donde fue posible, nos prostituimos todo lo que pudimos, pero se me hace terrible seguir. Si continuara, sería sólo por dinero, pero ya no tengo los problemas económicos que tenía antes.

–¿Qué perdió al haberse metido en ese juego del que ahora se corre, publicando en un sello independiente?

–Se pierde la posibilidad de ser auténtico, de sentirse real y libre, en fin... se pierde todo. Para mí fue importante esa plata porque vengo de una familia humilde y pobre, esa plata se necesitaba y si no hubiera publicado esos libros hubiera asaltado un banco, vendido drogas o cualquier otra cosa, porque no iba a dejar que le pasara nada a mi familia; fue una promesa que le hice a mi papá cuando era un niño. Listo... todo pasó de la mejor forma posible, mi mamá está contenta, igual que mis hermanos; ellos están absolutamente de acuerdo con mi decisión de dejar de publicar en grandes editoriales.

–Supongo que, pese al malestar de haber caído en la trampa del marketing, debe preservar ciertas ilusiones...

–Conservé el espíritu. Cuando hablo de fracaso, me refiero a los pequeños sueños que me permiten sentirme más cómodo en el mundo. Hay un poema de Vallejo que dice: “Todos mis huesos son ajenos, yo tal vez los robé. Yo vine a darme lo que acaso estuvo asignado para otro; pienso que si no hubiera nacido, otro pobre tomará este café. Yo soy un mal ladrón. A dónde iré”. Y yo me siento un mal ladrón con esto del éxito, lo único que hice fue hacerme el payaso, burlarme de todo lo que eso representa, desnudarme, decir cosas estúpidas y otras en las que he tenido razón sobre personajes que me resultan antipáticos. Pero eso no sirve porque es usado paravender. La única forma de seguir es volver a empezar de cero, porque cuando tú no tienes importancia para ellos, te dejan en paz.

–Muchos poemas de Pistoleros... transmiten la sensación de que fueron concebidos como si estuviera en un ring de boxeo. ¿Hasta qué punto escribir y boxear se parecen?

–He vivido a la defensiva porque no había ninguna otra solución, estoy ahora a la defensiva porque tengo ese sentimiento del boxeador que creo que nunca me dejará. Aunque me dicen “relájate, no te va a pasar nada”, cuando llegué a Buenos Aires me enteré de que es la ciudad que tiene más accidentes de tráfico en el mundo, y desde que me dijeron eso estoy abrumado (risas). Ya he visto tres accidentes en tres días. Pero en un sentido mucho más interior, ¿qué pasa en un ring de boxeo? Hay dos hombres que se encuentran, que aparentemente están en las mismas circunstancias y empiezan a lastimarse. Todo lo que tú haces como boxeador es herir y las reglas están puestas para que tú asesines a una persona. Si a un futbolista le quiebran una pierna, eso se llama falta y lo echan, pero si estás boxeando y matas al otro, eso no se llama crimen. Cuando te subes a un ring, el entrenador no te dice que tengas cuidado, te pide que “le tumbes la cabeza a ese perro”, que es como decir “mátalo”. En la literatura ocurre algo similar. La cosa más terrible es lo que empieza a salir cuando escribes, lo peor que uno tiene en su vida sale en el momento de la escritura. De lo que las personas se ríen en mis libros es con lo que he llorado y he sufrido. Los escritores son personas que boxean, que tratan de pegarle a todo lo que les duele y molesta. Yo sigo siendo un boxeador que trata de golpear y de que no le peguen.

–¿Es cierto que no ganó ninguna pelea como boxeador?

–Sí, no gané ninguna. Harold Grey, que aún vive y fue el que me entrenó a mí y a varios campeones mundiales, me decía que tenía condiciones para pelear, pero que usaba el boxeo para otra cosa. Para él, el boxeo sirve para ganar dinero, conseguir mujeres bonitas y evitar que te peguen. Pero yo iba para que me pegaran, para hundirme más en todo lo que me dolía. A mí me noquearon dos veces, que es mucho, y si lo hubieran hecho veinte hubiera estado feliz. Perdí mis 14 peleas, y en las últimas ya me había lastimado demasiado y me habían fracturado el tabique. Mi mamá sufría mucho y tuve que dejar.

–¿Y cómo reaccionó su mamá cuando vio que su hijo se convertía en escritor?

–Una vez unos periodistas querían hacerme una nota con ella y cuando los vio les dijo: “Ustedes son los que le han metido eso en la cabeza, por eso no quiere seguir estudiando”, y los echó de la casa. Ahora a ella le gusta que su hijo sea escritor, pero no piensa que sea más importante que otros oficios. Y me regaña mucho porque no le gusta que critique a García Márquez. Mi mamá lo adora y me dice: “Tú no eres nadie, tú no has llegado a ninguna parte, ¿cómo se te ocurre meterte con ese señor?”. Por cada cosa que digo contra él, se enoja muchísimo. Así que no he tenido la posibilidad de creérmela porque en mi casa me barren el piso (risas).

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PSIQUE Y MELÓN (RELATO)
POR
EFRAIM MEDINA REYES


1
La otra mañana entré al baño para masturbarme. Mojé y unté jabón en los bordes de unas fotos recortadas de Playboy, Hustler y Blue; las pegué sobre los blancos baldosines conservando cierto orden y enseguida abrí la llave de la ducha y me paré frente a las fotos. El órgano se fue endureciendo, mis ojos iban de las tetas de una negra al chocho de una rubia. Empecé a frotarlo, estaba inmenso, aquellas fotos eran lo mejor que había conseguido en meses. Aceleraba y cuando estaba a punto de eyacular hundía el freno. De repente la puerta del baño se abrió, la reacción instintiva fue taparme el sexo: Era mi madre. No sabía qué hacer. Ella observaba indignada aquellas fotos y empezó a llorar. Nancy no tardo en llegar seguida de Leo. Todos miraban las fotos. Leo sacudió la cabeza, jaló la puerta y se las llevó a la sala. Me senté en el borde del inodoro y lo escuché hablar con mamá.
—Te juro que no está loco —le decía.
—¿También haces cosas así?
—No, pero...
—Además, tiene su mujer.
—¿Y eso qué?
Nancy entró en la discusión y ya no pude entender nada. Permanecí sentado mirando el agua caer, un chorro enorme, continuo. Otra vez me planté ante las fotos y le di con fuerza al órgano. Afuera seguían los gritos. La morena se robaba mi atención con sus tetas brillantes. Dirigí el semen contra la pared sin lograr salpicar a ninguna. Retiré las fotos y las eché en el cesto: rubias y morenas quedaron allí, entre toda esa inmundicia. Me bañe y salí. Mamá estaba frente a la tele con mi hija sobre las piernas. Leo y Nancy seguían discutiendo en la cocina. Me encerré en el cuarto.


2
—¿Por qué me vigilan?
—Nadie te vigila.
—Sí Nancy, tú y mamá no me pierden de vista, y mamá está todo el tiempo con la niña encima, ¿qué imaginan? Dios santo, tienen mentes tan sucias.
Había sido una horrible semana con mamá y Nancy jodiendo, hasta en la cama me sacaba la chispa preguntando estupideces.
—¿Me detestas?
—No jodas, Nancy.
—Sueñas con otras, ¿por qué te casaste conmigo?
De las preguntas pasaba a los gritos y luego al llanto. La vigilancia se extendía a mis objetos personales, mis revistas desparecían. Hablé con mi hermano pero no quiso arriesgar el pellejo por mí, me dijo que les diera tiempo.
—Es una maricada, Leo —dije angustiado—. ¿Acaso tú no haces lo mismo?
—Si les digo que me pajeó será peor.
—¿Peor para quién?
—En alguien deben confiar, ¿no?


3
Nancy habló de separarnos y mamá trajo evangélicos a casa para rezar. Sus voces apagadas me arruinaban el sueño; se iban después de medianoche y entonces Nancy y mamá seguían orando, arrodilladas ante la cama, como si yo fuera un cadáver. Recibí dos llamados de atención en la oficina por descuidar el trabajo. Una tarde me puse a jugar con la niña en la terraza y al instante llegó Nancy, apartó a la niña y me gritó cosas terribles. Algunos vecinos se acercaron a ver qué pasaba. Nancy entró a la casa con la niña en brazos. Los vecinos me dirigían miradas feroces; opté también por entrar pero ella había cerrado con llave. Uno de los vecinos sostenía una varilla en la mano.
—¡Leo! —grité desesperado.
La puerta se abrió, entré y fui a buscar a Nancy. Se había encerrado en el cuarto con la niña y no quiso abrir.
—Ya se le pasará —dijo Leo.
—¿Y si no es así?
Me miro compasivo y se rascó las pelotas. Era dos años menor que yo, pero había terminado antes los estudios y jamás le pude ganar una partida de ajedrez. Mi hermano, el genio, esta vez no tenía respuesta.


4
En los días siguientes perdí mi actitud afable; sonreír me costaba un gran esfuerzo y luego, el dolor en la boca, era insoportable. Nadie en el vecindario me dirigía la palabra y las madres recogían apuradas a sus hijos pequeños al verme aparecer. En la cama Nancy estaba rígida y fría, ni siquiera me atrevía a tocarle un pelo. Reduje en forma considerable mis visitas al baño y cuando entraba salía lo más rápido posible. Perdí el apetito y me costaba concentrarme en el trabajo; en los corredores el rumor de un inminente despido cobraba fuerza. Perdí todo contacto con mi hija y sólo Leo, a regañadientes, seguía dándome apoyo.
—Estás muy pálido y flaco —decía—. ¿Cuánto hace que no te cepillas los dientes? Deberías ir al psicólogo, pero antes córtate las uñas, aféitate y pasa por la peluquería.
—Tráeme a la niña, por favor.
—No puedo —decía él—. Si no confían en mí será peor.


5
Un compañero de trabajo me contó que había visto a Nancy con un tipo entrando a un motel. Fingí no sorprenderme, le dije que habíamos decidido separarnos y que conocía al amante. Él se encogió de hombros y caminó hasta su cubículo, lo seguí.
—¿Qué motel era?
Él sonrió con malicia y me anotó el nombre y la dirección del motel en una tarjeta.
—He pasado por eso —dijo.
Esa noche encaré a Nancy, ni siquiera lo negó. Me dijo que había encontrado a alguien que la apreciaba tal y como era y que pronto se irían ella y la niña a vivir con él.
—Estás loca —dije agarrándola por los hombros—. Ese tipo sólo quiere aprovecharse de ti. Si te respetara no te llevaría a un motel de malamuerte.
—Suéltame, pervertido —dijo alzando la voz—. Henri es un hombre de Dios.
La solté. Así que era uno de los malditos evangélicos.
—Voy a partirle la cara a ese hijueputa.
Salí del cuarto. La tele estaba encendida pero no había nadie en la sala. Saque la copia de mi renuncia del bolsillo y la dejé sobre la mesita de centro. Horas antes, en un arrebato de ira e impotencia, la había firmado. Me dirigí a la puerta y salí de la casa sin hacer ruido. La brisa era fría y mis opciones escasas; podía comprar tranquilizantes y hacer un cóctel o lanzármele a un autobús. Entré a una farmacia, había dos tipos vestidos de blanco detrás del mostrador. Hablé con uno. Me trajo tres frasquitos con pildoras de colores.
—¿Y la fórmula?
—Olvidé traerla —dije.
—La próxima vez es mejor que se acuerde —murmuró mientras hacía la factura—. En la caja los reclama.


6
Entré a un bar, ocupé una mesa del fondo y pedí un vodka con hielo. Abrí uno de los frasquitos y dejé caer las pastillas sobre la lengua. Vacié de un sorbo el vaso tragándome las pastillas. Pedí otro vodka. No sentía nada raro. Un hombre vino y sin decir palabra se sentó enfrente de mí.
—¿Qué quieres?
—¿No me recuerdas?
Lo miré con atención.
—Soy Pardo —dijo y soltó una risita inconfundible.
—Es cierto —dije, la lengua se me había dormido un poco—. Pardo, hijueputa, ¿cómo estás?
—Mejor que tú, creo.
Traté de hablar pero no encontré mi voz, las cosas en torno a mí habían empezado a girar y luego llegó la oscuridad. Desperté, boca abajo, sobre una vieja camilla de cuero negro que olía a sudor y alcohol, un gancho de la base había atravesado el cuero y se me estaba hundiendo en las costillas. Al mismo tiempo sentí un pinchazo en la nalga.
—¡Carajo, qué dolor!
—¡No se mueva! —bramó una voz femenina. Torcí el cuello y vi a un sonriente Pardo apoyado en mi espalda y detrás una enfermera—. Será un minuto...
—El maldito gancho —dije con un hilo de voz—. Suéltame hijueputa.
—No es para tanto —dijo ella tirando la jeringa en una caneca—. Vístase, hay otros pacientes esperando.
La enfermera salió. Trate de levantarme, el gancho me había dejado una herida justo donde el romano hirió a Cristo.
—Por poco me parte en dos —dije mirando el gancho. Pardo sonrió—. Esta clínica es una porquería.
Pardo me pasó la ropa, me vestí en silencio. Mientras esperábamos la cuenta le conté la historia sin descuidar los pormenores. Me dijo que trabajaba en la tele como asistente de un reality show y quizá mi rollo les interesara. Habíamos sido compañeros de la secundaria, no lo veía desde entonces.
—Incluso podrías matarte en vivo —dijo muy serio—. Te pagarían bien.
Después que salimos de aquella clínica sentí un hambre feroz. Pardo me invitó a un restaurante chino. Mientras devoraba una montaña de arroz me explicó la dinámica del programa.
—¿Y qué gano con eso?
—Quizá te paguen algo —dijo pensativo—. ¿Qué puedes perder? Ibas a matarte hace una hora.
Lo miré y luego el plato de arroz casi vacío; ya no tenía ganas de morir. Pedí una cerveza.


7
El día del programa (grabación) me puse todo lo elegante que pude. Llegué media hora antes. Pardo me presentó a la mujer que iba a entrevistarme y al experto que hacía las reflexiones del caso. La mujer ordenó un maquillaje que me diera un aspecto más triste; también me obligó a cambiar mi flamante camisa a rayas por una vieja y desteñida guayabera. Estaba inquieto pero tranquilo. Nos sentamos y se encendieron las luces. Había como cien personas en el estudio. Ella empezó a preguntar. Al principio me trabé un poco pero las sesudas reflexiones del experto me dieron respiro y conseguí relajarme. Sus palabras eran como un exorcismo: la mujer no parecía satisfecha, miraba al experto con preocupación. Este hablaba de los beneficios de la masturbación con exagerado entusiasmo. La mujer lo cortaba para hacerme preguntas cada vez más alejadas del tema original. De repente me preguntó si sería capaz de violar a una niña.
—Sí –dije—. A una de su edad y sólo si está de acuerdo.
Hubo risas y aplausos. Me sentí cómodo. Ella volvió al ataque.
—¿Conoce al amante de su mujer?
—No.
—Pero sabe que tiene uno.
Pensé en estrangular a Pardo, ese maldito traidor.
—Más de uno –dije—; ella también colecciona revistas.
Nuevas risas y aplausos y una que otra obscenidad contra la mujer. El coordinador trataba de calmar los ánimos. La mujer se excusó conmigo y le dio turno al experto. Según éste la única enfermedad que veía en mí era ser extrañamente divertido y directo. La mujer salió del set sin despedirse, el experto vino a estrecharme la mano, también parte del público. Me fundí en un abrazo con Pardo.
—Disculpa –dijo—. No debí contarle esa parte.
—No importa –dije—. Hay que ser mierda para trabajar en esto.
Reímos. El coordinador me palmeó la espalda.
—Podrías ser un estupendo comediante —dijo.
Algunas personas querían mi autógrafo, era increíble. Tomé un taxi a casa, el programa saldría al aire esa misma noche.


8
La aparición en TV no sólo me devolvió la confianza de mi familia sino que me convirtió en una celebridad. Mis vecinos se turnaban para visitarme. Nancy me abrió otra vez sus piernas y mando aquel amante, con todo y Biblia, al carajo. Mi madre suspendió las oraciones y recibí una llamada, del presidente de la compañía en persona, diciendo que me quería de vuelta en la oficina (y con un considerable incremento de sueldo). Pude abrazar de nuevo a mi hija y recibí la propuesta de una editorial para escribir un libro sobre mi experiencia. El título tentativo era Masturbarse: otro camino al éxito. Los productores de aquel programa me hicieron una oferta para presentar un nuevo reality show que giraría en torno al sexo en solitario. La rechacé (sugerencia de Pardo) y aumentaron la oferta. Hicimos el trato y ese mismo día contraté un agente. Esta vez salí de la oficina con honores.
—Las puertas quedan abiertas —fue la frase final del gerente—. Menos las del baño.
Hubo risas, abrazos y una que otra lágrima.
En pocas semanas el nuevo reality alcanzó los primeros lugares de sintonía y varias revistas me dieron portada. La editorial lanzó un segundo libro. Le dije al editor que quería conocer a quien escribía mis libros.
—Es mejor que no —dijo y agregó cruzándose de brazos—. Quien importa es Beethoven no el piano.


9
Cuando entendí que los agentes eran trastos inútiles le dije a Leo que dejará de vender enciclopedias y fuera mi agente.
—Ya tienes agente —dijo él.
Llamé a mi agente y lo despedí. Le di dinero a Leo para comprase un elegante traje y lo invité a una fiesta con estrellas de la tele. El genio de la familia miraba a las chicas envueltas en celofán con la boca abierta.
Cuando entendí que cualquier idiota puede escribir libros y columnas de opinión le dije al editor que me encargaría de mis próximas obras y quería dos columnas (la editorial tenía varias revistas); una de sexo y otra de política. Masturbación S.A. fue mi primer verdadero best seller (hubo traducciones a siete idiomas y vendimos los derechos para el cine). Un pequeño muñeco de plástico (Leo decía que era igual a mí), desnudo y cascándosela, empezó a venderse en Sex Shop y luego en las aceras del centro de la ciudad como pan caliente. Me mudé a una casa de dieciocho baños y trece habitaciones al norte de la ciudad (la fiesta de inauguración fue transmitida en directo). Un grupo de artistas, dirigidos por Leo, publicaba cada mes la revista MasturArte; mi único trabajo allí era responder a los diversos interrogantes de los lectores (en realidad lo hacía un ex profesor de matemáticas alcohólico y su anciana madre). Me separé de Nancy (no sin antes comprarle apartamento en una zona exclusiva donde se fue a vivir con nuestra hija y mi madre) y estaba saliendo con una modelo adolescente. Especialistas en el tema se reproducían como ratas, sus conferencias eran concurridas. En un aviso clasificado de prensa leí lo siguiente: Masturterapia. Servicio a domicilio. Cada cual sacaba su tajada. Un tipo me propuso asociarnos para sacar al mercado una mano mecánica de su autoría; lo envié con Leo. Sectores del gobierno iniciaron una polémica sobre mis actividades. Para unos era una tendencia inofensiva que generaba empleo y curaba la impotencia y el estrés. Además, la práctica era tan vieja como el mundo y no entrañaba peligro alguno. Un tipo afortunado la había sacado del baño y ganaba millones, ¿cuál era el problema? Para otros era inmoral, resquebrajaba la unidad familiar y dañaba la imagen del país ante el mundo. El presidente se refirió al tema en un discurso televisado: Qué iban a p
ensar de nosotros los gringos, que éramos un montón de pajizos? Las putas y dueños de burdeles hicieron marchas para denunciar que el auge de la paja los estaba arruinando. El último número de MasturArte traía una separata especial con chicas fotografiadas en ángulos propicios para los diferentes estilos de masturbarse: trípode, transversal inclinado, pizzaiolo, trapecista ruso, etc. Se diseñaron bares para masturbadores empedernidos y una universidad abrió la cátedra: Pajalogía: teoría y práctica. El gobierno autorizó a los cinemas, centros comerciales e iglesias a tener un rincón exclusivo para clientes que necesitaran masturbarse de emergencia. El signo que los distinguía era una mano apretando una trola de tamaño mediano. Algunas empresas dieron a sus empleados veinte minutos libres para masturbarse, el tiempo era acumulable. La ADPG (Asociación Defensora de Pollos Congelados) y el PCCII (Partido Comunista de Centro Izquierda Invertido) denunciaron que la masturbación era el nuevo opio del pueblo. Un nuevo ritmo llamado pajero invadió las estaciones de radio (bailarlo en pareja estaba prohibido). Leo me llamó para decirme que la producción en serie de la mano mecánica se había iniciado, era un alivio para personas muy ocupadas o con limitaciones físicas, al menos eso se leía en el eslogan publicitario. Estábamos en la cima. Les ordené que empezara a vender los negocios sin hacer ruido.
—¿Estás loco, es nuestro mejor momento?
—Claro, lo es —dije dejando espacio entre las palabras—. Dime, ¿cuánto dura una canción en el número uno?
Me envió una pila de documentos para firmar y una relación de demandas e impuestos: la mierdita leguleya no nos dejaba de chupar sangre. Me senté en la computadora con ganas de hacer una nota final para la revista; quería hablar del comienzo: lo importante —teclee con manos indecisas— es asegurar bien la puerta del baño, no siempre se tiene tanta suerte, y además, ¿cuánto creen que dura una canción en el número uno?

© Copyright Efraim Medina Reyes

http://www.resonancias.org/ns/article.php?id=281

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lunedì, 28 novembre 2005
Pecado fino



Por Rodrigo Fresán, Página/12,
Lunes, 28 de Noviembre de 2005


UNO El otro día leí las declaraciones de un psicólogo de Dallas –a propósito de la efeméride de efemérides– en cuanto a que, todavía hoy, cada noche, diez mil personas sueñan con el asesinato de JFK. En blanco y negro. En la cámara lenta de los ojos cerrados. La cuestión de cómo se contabiliza semejante actividad onírica no era explicada por el profesional. Pero no importa: poco y nada cuesta pensar que los norteamericanos aún lloran y llevan luto no sólo por el presidente más hip y cool de su historia sino también porque fue entonces cuando –pecado original– supieron que su tierra prometida había sido degradada a purgatorio; que la inocencia de ser siempre los buenos de la película llegaba a sus títulos finales; y que, a partir de entonces, el Sueño Americano mutaba a pesadilla.

DOS Pero lo importante es cuántos norteamericanos sueñan con Bush y con los sueños de Bush. Y cuántos de ellos tiemblan de éxtasis religioso, condenando a Darwin a los infiernos desde los altares de la América Profunda. Y cuántos son los que se estremecen de espanto ante el avance de los defensores del “diseño inteligente” como alternativa a “todo eso del mono”. El diseño inteligente como fuerza victoriosa donde fracasó el Creacionismo y todos felices, y Bush el primero; porque la idea de una mente superior rigiendo el destino de los hombres acaso sea la única explicación que alguien como él encuentra para el milagro de haber llegado a la Casa Blanca. Algo que encaja a la perfección con el clima místico que parece haber poseído a los Estados Unidos luego de haber recibido el castigo divino (desde otra sucursal, con iguales modales fanáticos y fundamentalistas) aquel flamígero 11/9/01.

TRES Y fue en el 2001 cuando Tom LaHaye fue elegido como el líder evangélico más influyente del último cuarto de siglo. LaHaye, 79 años, es co-autor de más de 75 libros, entre los que se cuentan los thrillers apocalípticos de la serie Left Behind; expresión que equivale a un “ser dejado atrás” y que –combinando elementos dignos de la Cientología y de Dan Brown– narra las batallas de un grupo de cristianos de derecha contra pecadores gays y científicos y musulmanes y pro-abortistas y miembros de Naciones Unidas acusados de atentar contra la América Santa. El problema es que muchos de los lectores de LaHaye piensan que sus libros son nonfiction. O peor: que deberían serlo. El Jesús de las novelas de LaHaye es, digámoslo, un arma de destrucción masiva: vuelve y predica, y sus solas palabras hacen volar todo por los aires, y adivinen a quién le gustan mucho las novelas de LaHaye...

CUATRO ¿Leerá Benedicto XVI a LaHaye? Quién sabe. Por lo pronto, está claro que el tema de la homosexualidad con sotana le preocupa y días atrás advirtió que se prohibirá el ingreso de gays a los seminarios. Y que se “verificará” que los candidatos no presenten “desórdenes” o “tendencias homosexuales”. La pregunta, claro, es cuál será el procedimiento a seguir. ¿Multiple-choice? ¿Cámaras ocultas? ¿Rorschachs? Y otra duda: ¿qué se hará con los homosexuales que ya son sacerdotes? Y una duda más: ¿y los sacerdotes que presenten tendencias heterosexuales? Hasta que se aclaren los tantos y los tontos, la primera plana del ABC del pasado domingo titulaba, apocalíptica, un “Zapatero pierde peso en el Vaticano por la ‘pobre impresión’ que causa su gobierno”. Cuál será la penitencia para el pecado de causar una pobre impresión y perder peso vaticano, me pregunto.

CINCO Y ante tanto Dios furibundo –para gozo de pecadores como uno– propongo la adoración a Pastafari. Supe de su existencia leyendo el New York Times. Pastafari –creado para Internet por el físico Bobby Henderson como parodia del Creacionismo– es una flamante divinidad cuya representación física es un montón de spaghetti con dos albóndigas por ojos. Pastafari podría ser un dibujo de Rep (a quien descubrí hace tanto con su El Recepcionista de Arriba), quien anda por España presentando Bellas Artes. Y sí, Pastafari es decididamente repiano y, como El Cebra, se manifiesta en todas partes y “contamina” obras y sitios ajenos. Pastafari en La última cena de Da Vinci, en los techos de la Capilla Sixtina de Miguel Angel, en cuadros de Picasso y hasta en los portales de la Graceland de Elvis. Y sus seguidores proponen teorías del tipo “el aumento de la temperatura global del planeta se debe a la disminución de piratas desde el 1800” y concluyen sus plegarias no con un amén sino con un ramén (nombre de un fideo japonés).

SEIS Y la última edición de Vanity Fair viene con pecadora en la portada: Kate Moss. Se suponía que esa filmación de su noche loca y blanca sería su ruina profesional. Pero no. Le llueven contratos y, me dice un amigo, cobró 5 millones de euros por dos días de trabajo en Barcelona. Suena a mucho; pero cosas más raras se han visto y facturado. Y se sabe que no hay nada más redituable para un personaje público que pecar en público. Y esto es sólo el principio; porque ya vendrá el retorno triunfal a las pasarelas, el libro de autoayuda o de autodestrucción. Y después de todo: ¿cuál fue el pecado de la Moss? ¿El de ser –como escribió alguien– “la amiga que todos quisiéramos tener: guapa y generosa con los suyos”? Quien esté libre de pecado, quien nunca se haya pasado alguna vez de la raya, que arroje la primera piedra (de cocaína).

SIETE Y en la misma revista, otro pecador: Woody Allen. El Homo Manhattanensis que fue expulsado del paraíso ya saben por qué y que ahora filma en Londres y pronto, dicen, en Barcelona, ciudad a la que planea mudarse. Su última película –la muy buena Match Point– es una de pecadores y, en Vanity Fair, Allen declara: “La vejez es algo terrible y todo eso de que se gana en sabiduría es pura mentira. Yo volvería a cometer los mismos errores. Es simple deterioro físico. Y después te mueres. Y lo más terrible de la vejez es comprender que uno ya no llegará a hacer algunas cosas. No voy a ser un Kurosawa o un Fellini o un Truffaut; pero no creo haber perdido mi pasaporte al paraíso. Así que al menos acabaré en el mismo sitio que ellos”. Así las cosas. Y recordar siempre lo que, creo, dijo Oscar Wilde: “Todo santo tiene un pasado; todo pecador tiene un futuro”. Lo que no es poco.

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domenica, 27 novembre 2005
No wonder al-Jazeera was a target



by Robert Fisk, The Independent, Saturday, 26th November 2005

On 4 April 2003, I was standing on the roof of al-Jazeera’s office in Baghdad. The horizon was a towering epic of oil fires and burning buildings.  Anti-aircraft guns in a public park close to the bureau were pumping shells into the sky and the howl of jets echoed across the city. I was about to start a two-way interview with al-Jazeera’s head office in Qatar when an American rocket came racing up the Tigris river behind me. Its rail-train "swish" brought a cry from the Qatar technician who picked up the sound on his earphones.

"Was that what I think it was?" he asked. I fear so, I replied, as the white-painted cruise missile zipped beneath one of the Tigris’s bridges and disappeared upstream. After finishing my "stand-upper" - television demands rooftop scenes from Baghdad even to this day, when most of the reporters are confined to their offices and hotels by teams of hired mercenaries - I descended to the al-Jazeera newsroom where the Jordanian-Palestinian bureau chief, Tareq Ayoub, was trying to put together his next report. You, I told him, have the most dangerous television office in the history of the world.

I remarked how easy a target his Baghdad office would make if the Americans wanted to destroy its coverage - seen across the Arab world - of civilian victims of the Anglo-American bombing of Iraq. "Don’t worry, Robert," Tareq had replied. "We’ve given the Americans the exact location of our bureau so we won’t get hit." Three days later, Tareq was dead.

Al-Jazeera had indeed given their office’s map co-ordinates to the Pentagon. In fact, the State Department’s public affairs officer in Qatar - a man of Lebanese descent called Nabil Khoury - had pointedly gone to the station’s management on 6 April to assure them their bureau would be spared. Then on 7 April, as Tareq Ayoub broadcast at 7.45am from the same spot on the roof on which I had been standing, an American jet flew across the Tigris and fired a single missile at al-Jazeera. Its explosion killed Tareq instantly. This was no errant attack. "The plane was so low, we thought it was going to land on the roof," Tareq’s colleague Taiseer Alouni told me afterwards.

And Taiseer should know. He had been Kabul correspondent for al-Jazeera in 2001 when a cruise missile smashed into his (mercifully empty) bureau. Al-Jazeera had been broadcasting bin Laden’s threats and sermons from Afghanistan and no one doubted at the time that the attack - which the Americans claimed was a mistake - was deliberate. After the killing of Tareq Ayoub in Baghdad in 2003, the Pentagon’s soulless letter of explanation expressed its sorrow for Ayoub’s death but did not even bother to offer an explanation for the attack. Why should it? After all, on the very same day, an American Abrams M-1 A-1 tank fired a shell into the Palestine Hotel, killing three more journalists. Small arms fire, the Americans said, had been coming from the building. It was a lie.

Nor was I surprised. Back in Belgrade in 1998, I had watched the Americans bomb Serbia’s television headquarters, an act which, as I wrote next morning, allowed Nato to strike at targets for the words men and women said - rather than the deeds they committed. What precedent did this set for the future? I should have guessed.

So what was so strange about George Bush’s desire to bomb al-Jazeera in 2004? That Lord Blair of Kut al-Amara - the man who supposedly persuaded the American president to desist from this latest insanity - should now threaten the British press under the Official Secrets Act lest they divulge the entire can of worms is quite in keeping with the arrogance of power which we now associate with the Bush-Blair alliance. British ministers cravenly repeated America’s lies when US aircraft killed the innocent in Baghdad in 2003 and they will happily cover up Bush’s continued desire to bomb his supposed enemies, however innocent they may be.

When al-Jazeera first broadcast across the Arab world, the Americans hailed its appearance as a symbol of freedom amid the dictatorships of the Middle East. The New York Times’s messianic columnist Tom Friedman praised it as a beacon of freedom - always a dangerous precedent, coming from Friedman - while US officials held out the station’s broadcasts as proof that Arabs wanted free speech. And there was some truth in this. When al-Jazeera broadcast a brilliant 16-part series on the Lebanese civil war - a subject scrupulously avoided by Beirut television stations - the crowded seafront Corniche in front of my Lebanese home became deserted.

Arabs wanted to see and hear truths that had been denied them by their own leaders.

But when the same al-Jazeera began broadcasting bin Laden’s words, all the enthusiasm of Friedman and the State Department dried up. By 2003, US deputy defence secretary Paul Wolfowitz - that paragon of democracy who asked why Turkish generals did not have "something to say" when the democratically elected Turkish parliament prohibited US troops from using their territory for the invasion of Iraq - was fraudulently claiming that al-Jazeera was "endangering the lives of American troops". His boss, Donald Rumsfeld, told an even bigger lie: that al-Jazeera was co-operating with Iraqi insurgents. I spent days investigating these claims. All turned out to be false. Tapes of guerrilla attacks on US forces were delivered anonymously to the station’s offices, not filmed by al-Jazeera’s crews. But the die was cast. Iraq’s newly elected government proved its democratic credentials by throwing al-Jazeera out of the country - just as Saddam had threatened to do in early 2003.

Of course, al-Jazeera is no golden child of journalism. Its discussion programmes are often weighed down with uncompromising Islamists, its dutiful presentation of bin Laden’s tiresome sermons balanced by interviews with Western leaders far tougher than any questions put to al-Qa’ida’s bearded leadership. But it is a free voice in the Middle East - and so was attacked by the Americans in Kabul and in Baghdad. And almost in Qatar. And thus British journalists must now be suppressed by Lord Blair of Kut al-Amara if they dare to reveal the latest revelation from the dark and bloody pit into which Messrs Blair and Bush have plunged us.

http://www.robert-fisk.com/

 


Two memos?

Over at BlairWatch there is an interesting discussion around the existence of two independent memos (one from 16 April which mentioned Al Jazeera and the other from the 19th May which didn't). They are speculating that this may have caused some confusion in Downing street and that when the Mirror told downing St that they were going to publish, Number 10 though it was stuff that was already out? So, when they saw the story they realised that another memo had been leaked and Lord Goldsmith was wheeled out with the big stick?

You'll have to scroll down the page to find this bit since they're also maintaining a list of people who are willing to publish the Memo and risk jail! Click here to check it out.

http://dontbomb.blogspot.com/2005/11/two-memos.html

 


link to Don't Bomb Us - A blog by Al Jazeera Staffers

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sabato, 26 novembre 2005
An answer in Africa



In the latest in his Aids in Africa series, photographer Gideon Mendel now focuses on a remote rural project that is not only treating the sick - but may be a model for the continent.

Gideon Mendel, The Guardian, Saturday November 26, 2005

With its rolling green hills and traditional African huts, the landscape of Lusikisiki is idyllic. But it conceals a painful reality. Today, in Lusikisiki's antenatal clinics - in the Eastern Cape province of South Africa - one third of pregnant women test positive for the virus that causes Aids, a figure that suggests roughly 10% of the population are infected, a minimum of 15,000 people.

It is a remote, underdeveloped area, one of the poorest in the country, traditionally a recruiting ground for migrant workers. Here a remarkable project is under way: antiretroviral drugs are being distributed to the most sick - a potentially life-saving treatment that is commonplace in the west but available to only 8% of those who need it in Africa. The project, called Siyaphila La - "We are living here" in Xhosa - was set up by Médecins Sans Frontières (MSF) South Africa, the Nelson Mandela Foundation (Mandela was born nearby) and the local health department.

Over the past two years the project has put more than 1,100 people on antiretrovirals. The hope is that most of the medical work can be carried out by nurses rather than doctors and a model will be established for bringing treatment to rural communities across Africa. Initially patients were given three separate pills; now they are given one generic pill containing three drugs, a much cheaper medication, costing $270 per patient per year.

For 13 years, as a photographer, I have documented the effects of Aids in Africa - on individual lives, on families, on whole communities. The statistics are terrifying - more than 29 million people across the continent are living with HIV. These days I try to make images of the normality of people's lives. I made three trips to Lusikisiki, first in September 2004, then in November of that year, and again in October and November of this year, to see how those given treatment were progressing.

All the people I photographed made the decision to be completely open about their illness in their family and their community. This gave them great strength.

Nomfumaneko, a 15-year-old schoolgirl, was extremely sick when I first met her. She never went back to school. She proved too weak to rally when given the drugs. Her death was a devastating disappointment for her family. It was a reminder that these medicines are not a cure, nor are they a long-term solution to the Aids crisis. They are just an important step in helping millions to stay alive. Around 10% of those who start this treatment die, often because they have started too late in the progress of the disease.

Others who began their antiretroviral treatment at the same time as Nomfumaneko have been much luckier - their lives are being transformed. On the following pages they tell their stories. HIV is no longer only about death, it is also about hope. The word Lusikisiki is said to mimic the sound of the wind blowing in the reeds. Perhaps this wind will soon be heard throughout the continent.

 


Zamo's story

September 2004
My mother passed away last year. I was very sad. She had the virus called Aids. I am now staying with my grandparents and my cousins. At school I am in grade one. My favourite subject is spelling. I want to be a teacher when I grow up.

I have been sick with chest pains and I am coughing a lot. My grandmother took me to the clinic and I had the test done. They took blood here in the finger. It means I have Aids. Every week I go to the support group at the [Xuarana] clinic. I like going as I meet other people with this sickness. There we are taught about medication and we sing. I like the singing. At the clinic I was given the drugs. I was taught there is 3TC, Nevirapine and d4T. I am happy, as I will now live a long life.

Zamo's grandmother, Mathembisile Mdingwe, says: "Zamo's mother, my daughter, came home from Durban last year. She was very sick. She had an HIV test and the doctor filled in the form for a disability grant. But it was too late for her. Zamo's father is alive but he is in Durban and also very sick. He does not help the boy. It is very difficult. I am not working and I don't even have an income. I sell this grass you see here, for the huts."

December 2004
I am stronger. I can play the ball much better now. I talk to my friends about taking the pills, and they are happy to see me stronger. At school, I am finding I can learn better, and often know the answer when our teacher asks a question.

November 2005
I am feeling very, very better now. Sometimes I do still have a cough, but I do not cough like before. Then I was coughing all the time. I can play soccer much better now.

Zamo's grandmother says: "So far, there are no difficulties with Zamo's treatment. I think it is going well. My husband died this year, so now there is no one in this house who gets an income. The doctor from the clinic did help us to apply for Zamo's [disability] grant, but when I went to check if it had come, they said I must still wait. I am responsible for three grandchildren. It is very painful for me when I cannot find food for them. My hope for the future is for my children to pass in school and become something in life."

 


Nomfumaneko's story

September 2004
I started to be sick in May this year. I had shingles and then diarrhoea. The shingles was treated, but then it came back again on the left side of my face. It was said that I must do an HIV test. I was told that I am HIV positive. It was very bad for me. My heart was very painful but I did not cry. They told me that I must not be scared and that if I take medication, I am going to get better.

I cannot do anything. I am very weak. My sister helps me to wash. It is difficult for me to walk even a few steps. Tomorrow I will be going to the clinic where I will start my treatment. My aunt will accompany me as she is going to be the one helping me to take the medication. I am very happy to start treatment and I have hope that I will become better.

September 21
I started my ARV [antiretroviral] treatment today. I had to queue for a long time until I went inside to see the nurse. The first time I took the pills, my family came to sit with me. I feel very happy because they are showing me that they really love me. I think I will get better and then be healthy again.

September 25
I am feeling stronger. Before I was sleeping all the time, but today I am planning to wake up and go around the yard.

September 30
After taking the medication for nearly 10 days, I am feeling better. But in the last week I was very sick as I was having diarrhoea I could not control. I was taken to the hospital where the nurses gave me a drip in my arm. It was very bad to be at the hospital. I am better now, apart from the chest pains.

My heart is very sore about being out of school now, because I am very interested in learning. I want to go back to school when I am better so I can learn to be a nurse. My dream is to help other people in the same way the nurses help me.

November
Nomfumaneko's aunt, Ntobile Nkosi, says: "The cause of death for Nomfumaneko was diarrhoea. It was severe and did not stop. At the end she also developed chest pains and could not breathe. That was how her life ended. She went to the hospital, where she passed away."

 


Nomphilo's story

September 2004
I started getting very sick this year. I had backache and a fever. I also had vaginal warts. I thought I must do an HIV test because I was losing weight. I tested HIV positive but I was not shocked. I also found out my CD4 count is seven [the test that measures the immune system's strength; the normal count is 500-1,500] and that's what shocked me.

I hope that when I start my treatment I will become better; my counsellors told me it helps people to get better, but it does not cure HIV. I will have to take the pills for life. I have two children, Lindithemba, who is seven, and Pumlane, who is five. I am too sick to look after them. My mother has to care for them. I had a boyfriend, but we are separated. I have told him he must go for the HIV test and he does not want to.

People in the village know I am HIV positive. I am not afraid to talk in public about it - at church, I disclosed that I am living with HIV and I had no problems with the community.

I am staying with my mother and father; my mother is taking care of me. I have my bedroom there, but because it is cold, I have come to the kitchen hut to sleep by the fire.

I hope that one day I will get married and live with my husband and kids.

September 23
Now I have started using my pills. It is giving me the hope that I will live longer. With this medication, I can see my future bright now.

September 25
I am feeling better. I was very weak in my joints, but now they are becoming stronger. When I came back from the clinic I was very tired and I just slept here in my bed. The next day I had a strong pain in my stomach, but now it is better. I also have pain when I swallow. Even if I am taking water, it is painful.

October 1
Today there is a group from TAC [Treatment Action Campaign] who have come to our village to sing and talk about treatment. I am very happy to see other people who are living with HIV. They are healthy and I hope that I am going to be like them. I also wish I can stay healthy to help my children get educated.

November 2004
When I began taking the ARV pills I felt different. At first I felt better. But in the last weeks I have become sick again with diarrhoea and backaches. I have also lost weight. My mum is now worried in such a way she has lost hope. She does not think I am going to get better. I must encourage my family that I am going to become better.

I still have hope that I will recover. The people at the clinic warned me that because my CD4 count was low and I have been very sick, it will not be easy.

The big problem I have in my life is with a sangoma [traditional healer]. When I was very sick I asked my parents to bring the sangoma. He gave me some herbal medicines and then told me the cost was 2,000 rand (£173). The cost was much more than I expected and I didn't even use those medicines. The only money I receive is my disability grant of 670 rand (£58) every month, so now, because I have to pay him, I am unable to buy food.

I went to a meeting at the MSF office to talk to some sangomas there because I had such a bad story. They agreed he was cruel and that I should not have to pay.

November 30
Today I am very happy. I went to the clinic to get my new medication, but also wanted to get my boys tested. I was concerned because I breastfed them. The test showed they do not have HIV. When the counsellor showed me the result, I saw a bright future for my children.

December 2
Today I am feeling bad. I have no energy and my stomach is painful. I also have backache again, but at least my chest is better. I do not feel like I am going to die because I trust these ARVs.

November 2005
I am feeling better now, but the TB is a problem. Before it was very bad because I couldn't even move. Now I have energy, and I can walk. I can even cook and clean the house. I still can't do hard jobs, but I can do little things. When I started the ARVs my CD4 count was seven and now it is 150. Without them I would be dead by now.

My little boys are now eight and seven. They always help me. They say, "Mummy, here is some water", and get the pills and give them to me. I just hope God can keep me for a long time so I will be with them.

With the TB I am developing lumps all over the body, and the doctor told me that the tablets for it are not working. I have to be sent to a special hospital for months - it could be for up to eight. I must go because I want to be cured. But it is really painful to think of leaving my children for that time.

My dream for the future would be for somebody to take me back to school, because I am not educated. I would like to become a nurse as I want to help sick people in our country.

 

Interactive: See Gideon Mendel's photographs

Guardian Unlimited © Guardian Newspapers Limited 2005

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venerdì, 25 novembre 2005
GLOBALIZACION



Por Leonardo Moledo, Página/12, Viernes, 25 de Noviembre de 2005

La globalización del mar Mediterráneo, que Roma logró imponer hacia el siglo I de nuestra era, fue un proceso arduo y lento. Al fin y al cabo, la que alguna vez sería “ciudad eterna” nació como un grupo de chozas dispersas en siete colinas alrededor de pantanos miserables; una pequeña población de campesinos que tomó buena parte de su cultura de la poderosa y rica Etruria, ubicada justo al norte, y que cada tanto la invadía y la conquistaba. Roma necesitó varios siglos para unificar Italia (ocupando la “madre patria” etrusca y las ciudades griegas del sur) y convertirse en una potencia del Mediterráneo occidental.
Y un siglo más en derrotar a la potencia rival, Cartago, y aniquilarla de una manera tan absoluta y radical que nunca pudo resurgir de sus ruinas. En los dos siglos que siguieron, el imperio se redondeó (literalmente) con lo que hoy se conoce como Inglaterra, Francia, España, Marruecos, Libia, Egipto, Israel, El Líbano, Siria, parte de lo que hoy es Turquía y la península balcánica hasta que el Mediterráneo (limpiado de piratas en la época de Augusto) pudo ser pomposamente denominado “mare nostrum”. Hacia finales del siglo I la política expansiva estaba terminada (salvo algunos intentos que sólo dieron como resultado desastres militares) y se había constituido una frontera sólida, el limes, que recorría los ríos Rin y Danubio, y en Africa, hacia el sur, el desierto del Sahara. Roma se protegía con fronteras naturales de los pueblos “bárbaros” que trataban de introducirse en el imperio, atraídos por su riqueza y las posibilidades de desarrollo que ofrecía. La frontera, desde ya, siempre fue porosa, pero la filtración estaba rigurosamente controlada mediante un rosario de estados tapón, aliados o vasallos que actuaban como una especie de fuelle frente a la presión de tribus que provenían del norte de Europa o del Asia central.
Lo cierto es que al promediar la dinastía de los Antoninos (96-180), y muy especialmente durante el reinado del gran Adriano (117-138), el Imperio alcanza su máximo esplendor y riqueza. Adriano se retira de las zonas indefendibles, establece tratados con los reinos inconquistables como el de los partos, refuerza el sistema de estados tapón y construye una muralla que atraviesa toda Inglaterra para sellar la frontera frente a las tribus escocesas que presionaban sobre las ciudades romanas. El Imperio se convierte así en una sólida unidad política, económica y cultural, con líneas de comercio que se extienden hasta la India y China misma, y desde ya, un tráfico intenso con las tribus bárbaras o semibárbaras limítrofes, cuyos jefes, admiradores de la cultura y el esplendor romano, solían, dicho sea de paso, enviar a sus hijos a formarse en Roma, del mismo modo que los aristócratas romanos mandaban a los suyos a estudiar a Atenas.
La globalización romana respetaba tradiciones, idiomas, gobiernos y hasta monedas, leyes y religiones locales, siempre y cuando no entraran en conflicto abierto con el poder central: en ese caso la invasión, ocupación y castigo eran inmediatos y devastadores y las legiones se encargaban de reestablecer rápidamente las libertades romanas.
Sin embargo, había procesos de fondo que minaban lentamente la salud del Imperio. La frontera, aunque no se lograba forzar (y no se logró hasta el año 410), era mucho más porosa de lo que se advertía y permanentemente los habitantes de los estados fronterizos se establecían cerca del limes, y en muchos casos en la misma Roma. El fin de la política de expansión externa (que implicaba escasez de esclavos) ofrecía mucho lugar para quienes quisieran encargarse del trabajo sucio o despreciable.
Por otra parte, la política de reclutamiento de los ejércitos empezó a variar lentamente con la progresiva incorporación de elementos “bárbaros”, muy dispuestos a elegir ese camino fácil hacia la ciudadanía. Ayudados, claro está, por el hecho de que los propios ciudadanos, con el aumento de la riqueza general, no tenían muchas ganas de aguantarse veinte años de milicia para retirarse a un lote de tierra y practicar los consejos de Virgilio. La misma guardia pretoriana, cohorte personal del emperador, llegó a estar constituida por dacios o ilirios, que no tenían mucho inconveniente en imponer un emperador de su propio origen a cambio de promesas de dinero más o menos pasibles de ser cumplidas.
Además, las tropas estacionadas en el limes, que poco a poco empezaron a reclutarse entre las poblaciones locales (de un lado y otro de la frontera), tenían de hecho una relación mucho más directa con los habitantes allende la frontera que con el centro de poder imperial; mal podían ejercer hasta el fin su misión represiva. La pavorosa crisis interna del siglo III, en la que las luchas civiles amenazaron con desintegrar todo, reforzó estos procesos y convirtió al Imperio en una enorme isla de riqueza defendida por ejércitos más ligados a sus connacionales de afuera que a la perduración de Roma.
Así y todo, Roma tiró cien años más, usando todo tipo de recursos: entre ellos una religión centralizada (el cristianismo); división administrativa, sustitución del emperador por dos y luego por cuatro emperadores (lo cual inexorablemente llevaba a la guerra civil), adopción de medidas de índole político-económica (fijación de los campesinos a la tierra y de los artesanos a su oficio), control de precios, devaluaciones, cesión de amplios territorios a las tribus, permitiéndoles asentarse en territorio romano como “huéspedes temporarios”, un sistema que no era sino el remate de la progresiva extranjerización de los ejércitos en los lugares de frontera.
Pero la dinámica de las poblaciones fue más fuerte que cualquier política que el Estado romano pudiera, supiera o quisiera implementar: al comenzar el siglo V, algún motivo (quizá una sequía prolongada), puso en movimiento a las tribus del Asia central, que empezaron a presionar a las vecinas y a arrojarlas sobre el Imperio. En el año 410 fue forzada la frontera del Rin, que nunca se cerraría ya del todo. Poco después, en 476, Odoacro, rey de los hérulos, tomó la capital (que ya no era Roma sino Ravena), depuso al último emperador y mandó las insignias al emperador de Bizancio. El Imperio Romano, que había dominado Occidente por quinientos años, se había terminado.

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